¿Perdón…?

Ahora bien, antes de aplaudir o indignarse, convendría hacerse alguna pregunta incómoda: ¿fueron unas disculpas?, ¿y si no lo fuero, que fueron? ¿y para que sirve todo esto en realidad?

Nadie puede negar los hechos, la conquista implicó violencia masiva, destrucción o transformación de civilizaciones milenarias, epidemias y la imposición de una estructura que reorganizó el continente entero.  Reconocerlo no es ideología, es historia.  Hasta aquí el argumento tiene cierta coherencia.

Si el criterio es que una conquista histórica obliga al Estado sucesor a pedir disculpas formales, entonces la lógica se aplica igual a otros episodios.  De hecho, la Peninsula Ibérica fue conquistada por los árabes en el año 711 y ocupada durante casi ocho siglos.  Hubo imposición religiosa, violencia, esclavitud, destrucción de estructuras previas.  ¿Se le debe alguna disculpa a España?  ¿Y Roma? La presencia romana en Hispania duró casi siete siglos.  Los celtiberos de Numancia prefirieron el suicidio colectivo a la rendición ¿Se le debe alguna disculpa a España?  Y si seguimos tirando del hilo, los visigodos, los cartagineses, los fenicios…. De hecho, prácticamente, todos los territorios del mundo son el resultado acumulado de milenios de conquistas.  El mapa político actual es eso: historia sedimentada.

Todos aceptamos intuitivamente que existe un umbral temporal más allá del cual la responsabilidad de un Estado actual sobre actos de una entidad histórica anterior se diluye hasta desaparecer.  El problema es que es umbral no lo define nadie con claridad y se aplica de forma selectiva…y la selectividad siempre responde a algo.

«También ha habido luchas, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder desde el primer día. Los propios Reyes Católicos, la reina Isabel, con sus directrices, las Leyes de Indias… hay un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso.»  Y añadió que hay hechos que analizados con los valores actuales, “obviamente no pueden hacernos sentir orgullosos”, aunque subrayó que hay que estudiarlos “en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso”.  Esto no son disculpas, son un reconocimiento histórico. Y la diferencia importa.

Si yo digo que en aquella época hubo mucha gente que robaba, estoy describiendo la realidad.  Si digo “te pido perdón por haberte robado” estoy asumiendo responsabilidad.  Felipe VI hizo lo primero , no lo segundo, y el hecho de que Sheinbaum responda que no es todo lo que hubieran querido pero es un gesto, lo confirma.

La pregunta clave no es si la conquista fue un agravio, lo fue, sino por qué el reclamo de disculpa existe aquí y no en otros casos igualmente graves o más graves. La respuesta no es moral ni histórica, es de conveniencia política contemporánea.

Roma no tiene embajada que pueda sentirse presionada. El califato omeya no tiene sede en la ONU. El Imperio Mongol no tiene ningún sucesor diplomático identificable. España sí. Y eso es lo que hace que el reclamo exista, no la gravedad comparativa del agravio.

El contexto inmediato lo confirma: el Gobierno de Sánchez necesita que Sheinbaum acuda a la Cumbre Iberoamericana de Madrid en noviembre. Sheinbaum necesita un gesto simbólico para justificar ese giro ante su electorado. El Rey proporcionó exactamente lo necesario para que ambas partes pudieran salvar la cara. Es diplomacia bien ejecutada. Pero no es historia.

Aquí está el argumento más incómodo, y también el más honesto: si el criterio es la reparación histórica hacia los pueblos indígenas, entonces el Estado mexicano tiene una deuda mucho más urgente, más reciente y más directamente atribuible que cualquier cosa que pueda exigirle a Madrid.

En el momento de la independencia mexicana, en 1821, la población indígena representaba alrededor del 60% del total, y las lenguas originarias estaban vivas como lenguas cotidianas de la mayoría. Para finales del siglo XIX y principios del XX, ese porcentaje había caído dramáticamente. ¿Por qué? No por España. España ya no estaba. Fueron las políticas liberales mexicanas del siglo XIX, la desamortización de Juárez, el Porfiriato, …, las que despojaron a las comunidades indígenas de sus tierras comunales, destruyeron sus estructuras de autogobierno y los empujaron a una miseria que la colonia no había completado. El mayor golpe sistemático a los pueblos originarios de México lo dio el Estado mexicano independiente.

Y si abrimos esa caja, la lógica se extiende: Estados Unidos con los pueblos nativos, sometidos a genocidio sistemático, desplazamiento forzado y confinamiento en reservas, principalmente en el siglo XIX, por un Estado plenamente soberano y con plena conciencia moderna. Australia con los aborígenes. Francia con sus territorios ultramarinos. El argumento no tiene un punto de llegada natural porque la historia entera del mundo es acumulación de dominaciones.

Si hubiera voluntad real de honrar ese pasado, tomaría formas concretas y costosas: autonomía efectiva para comunidades originarias, redistribución de tierras, inversión sostenida en lenguas en peligro de extinción, acceso real a la justicia. Nada de eso requiere ninguna disculpa española, requiere  de decisiones políticas internas que afectan intereses poderosos dentro del propio México.

¿Qué porcentaje del presupuesto federal mexicano va a comunidades indígenas hoy? ¿Cuántos juicios se celebran en náhuatl o en zapoteco? ¿Cuántos maestros enseñan en lenguas originarias? Las respuestas a esas preguntas retratan mejor el compromiso real con los pueblos originarios que cualquier intercambio diplomático con Madrid.

La disculpa, aunque se produjera mañana de forma solemne y protocolaría, no cambiaría nada material en la vida de una familia indígena en Chiapas o Guerrero. No reduciría la cifra de más de 100.000 desaparecidos en México. No desmantelaría el crimen organizado que controla territorios enteros. No construiría una escuela ni garantizaría agua potable.

Los gobiernos que la reclaman lo saben. Los que la conceden a medias también.

La conquista de América merece memoria y análisis riguroso. Pero la diplomacia del agravio histórico, aplicada de forma selectiva y en el momento oportuno, es otra cosa. Es política disfrazada de historia.

Carlos Bolea
Carlos Bolea
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