El tribalismo político no es una anomalía del sistema. Es el sistema. Y mientras no lo entendamos así, seguiremos confundiendo el síntoma con la enfermedad.
El test más sencillo del mundo
Haga usted este ejercicio. Tome una decisión política cualquiera, una subida de impuestos, un recorte en sanidad, el apoyo militar a un país en guerra, y pregúntese lo siguiente: ¿cambiaría mi opinión sobre esta medida si la propusiera el partido contrario?
Si la respuesta es sí, bienvenido al tribalismo político. No se avergüence, es la respuesta más honesta que puede dar. Y es, con muy pocas excepciones, la respuesta de casi todo el mundo. El problema no es que usted lo haga. El problema es que el sistema político moderno ha aprendido a construirse sobre esa tendencia, a cultivarla deliberadamente, a convertirla en su principal combustible. Lo que empezó como un sesgo cognitivo humano se ha transformado en una estrategia de poder.
De la tribu al partido
El tribalismo es tan antiguo como la especie. Durante cientos de miles de años, pertenecer a un grupo fue literalmente una cuestión de supervivencia. El cerebro humano evolucionó para distinguir con rapidez entre los nuestros y los otros, para sentir lealtad hacia el grupo y desconfianza hacia el extraño. Esa arquitectura mental nos salvó la vida durante milenios.
El problema es que esa misma arquitectura opera hoy cuando vemos un debate político en televisión, cuando leemos una noticia, cuando evaluamos si una política pública es buena o mala. No hemos cambiado de hardware. Solo hemos cambiado de tribu.
Los partidos políticos modernos lo saben. Y los más hábiles no compiten ofreciendo los mejores argumentos, compiten activando la identidad tribal de sus votantes. No te piden que pienses. Te piden que pertenezcas.
La ideología como identidad
Hay una diferencia fundamental entre tener una ideología y usar una ideología como identidad.
Tener una ideología significa sostener un conjunto de principios sobre cómo debe organizarse la sociedad, aplicarlos con coherencia y estar dispuesto a revisarlos cuando la evidencia los contradice. Es un ejercicio intelectual exigente y nunca del todo cómodo, porque la realidad raramente encaja con ningún marco ideológico de forma perfecta.
Usar una ideología como identidad significa algo completamente distinto. Significa que lo importante no es si las ideas son correctas sino si son las tuyas. Que lo que te une a tu grupo no es un análisis compartido de la realidad sino una narrativa compartida sobre quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Que cualquier crítica a tu bando se percibe no como un argumento a refutar sino como un ataque a tu persona. Cuando la ideología se convierte en identidad, el debate político deja de ser un mecanismo para encontrar las mejores soluciones y se convierte en un torneo permanente donde el objetivo es ganar, no acertar.
El adversario convertido en enemigo
En una democracia sana, los partidos son adversarios. Compiten por el poder con reglas compartidas, se critican mutuamente, se fiscalizan, se alternan en el gobierno. El adversario político es alguien con quien se discrepa — no alguien a quien se debe destruir.
El tribalismo político rompe esa distinción. Cuando la política se convierte en religión, quien piensa distinto no es un ciudadano con otra visión del mundo, es un hereje. Un enemigo. Alguien cuyas intenciones son necesariamente maliciosas, cuyas propuestas son necesariamente trampas, cuya victoria sería necesariamente una catástrofe.
Cuando la política se tribaliza, el objetivo deja de ser resolver problemas. El objetivo pasa a ser destruir al contrario. Y para destruir al contrario, la coherencia es un estorbo y la verdad, una herramienta opcional.
El resultado es una espiral conocida: cada bando radicaliza su retórica para movilizar a su base, la base exige más radicalidad como señal de lealtad, los líderes que intentan matizar son castigados por los suyos, y el espacio para el acuerdo se estrecha hasta desaparecer.
A quién beneficia
El tribalismo político no surge espontáneamente. Se cultiva. Y conviene preguntarse a quién beneficia que así sea.
Beneficia a los partidos que han renunciado a gobernar bien y se conforman con gobernar. Un electorado tribal no evalúa resultados, evalúa lealtades. No importa si las políticas funcionan, importa si las defiende el tuyo. Eso libera a los partidos de la exigencia de la competencia real: ya no necesitan ser mejores, solo necesitan convencer a su base de que el otro es peor.
Beneficia a los medios de comunicación que han descubierto que la indignación vende más que la información. Un lector tribal no busca entender, busca que le confirmen lo que ya cree. El modelo de negocio de buena parte del periodismo actual está construido sobre esa demanda.
Beneficia a los algoritmos de las redes sociales, diseñados para maximizar el tiempo de pantalla alimentando la emoción más adictiva que existe: la indignación. Cada burbuja informativa es un ecosistema perfecto para el tribalismo. Y beneficia, paradójicamente, a quien más lo denuncia. Señalar el tribalismo del contrario es uno de los gestos tribales más efectivos que existen.
El precio que pagamos todos
El tribalismo político tiene costes reales, aunque no siempre sean visibles.
El primero es la calidad de las decisiones públicas. Los problemas complejos, el cambio climático, la sostenibilidad del Estado del bienestar, la gestión de la inmigración, la seguridad internacional, no tienen soluciones que quepan en un eslogan ni en una trinchera ideológica. Requieren análisis, matiz, disposición a incorporar evidencia incómoda y capacidad de acuerdo entre posiciones distintas. El tribalismo hace imposible exactamente eso.
El segundo es la erosión de la confianza institucional. Cuando cada bando convierte al contrario en enemigo de la democracia, la democracia misma pierde legitimidad a ojos de la mitad de la ciudadanía. No hay institución que sobreviva indefinidamente siendo percibida como el botín de una tribu.
Y por último, y quizás el más silencioso, es lo que le hace a cada individuo. El tribalismo político es intelectualmente empobrecedor. Nos entrena para buscar confirmación en lugar de comprensión, para celebrar que el contrario se equivoca en lugar de alegrarnos de que alguien acierte, para medir la calidad de un argumento por quién lo dice en lugar de por lo que dice.
Salir de la tribu
No hay receta sencilla. El tribalismo está demasiado arraigado en nuestra biología y demasiado incentivado por las estructuras políticas y mediáticas actuales como para que se resuelva con buenas intenciones individuales. Pero hay algo que sí está al alcance de cada ciudadano: la disposición a aplicar el mismo rasero a todos los bandos. A criticar a los suyos con la misma dureza con que critica a los ajenos. A reconocer cuando el contrario tiene razón. A distinguir entre una idea y la persona que la defiende. A hacerse la pregunta incómoda: ¿cambiaría mi opinión si esto lo dijera el partido contrario?
No es heroísmo. Es simplemente pensar. Pero en el ecosistema político actual, pensar se ha convertido en un acto casi subversivo.
La democracia no se destruye solo desde fuera, con golpes de Estado o autoritarismos declarados. Se destruye también desde dentro, lentamente, cuando los ciudadanos dejan de exigirle a la política que piense y se conforman con que les confirme lo que ya creen.
Tenemos derecho a algo más que eso.