EUROPA, realidad o relato

Cuando un régimen necesita dinero, llama a China. Cuando necesita armas, llama a Estados Unidos. Cuando necesita sentirse bien consigo mismo, llama a Europa.

No es un chiste. Es la arquitectura real de la política exterior en Oriente Medio y el norte de África. Y entenderla exige dejar de lado los comunicados diplomáticos y mirar lo que hacen los actores, no lo que dicen.

El modelo chino: la pureza del interés

China no tiene política exterior en el sentido clásico del término. Tiene una política económica con proyección exterior. Cuando Pekín llega a un país árabe o africano, no trae condiciones sobre separación de poderes ni informes sobre libertad de prensa. Trae ingenieros, contratos y plazos de entrega. Y a cambio pide acceso, a recursos, a puertos, a mercados, a votos en organismos internacionales.

El modelo es brutalmente simple, y por eso funciona. Los gobiernos receptores no tienen que reformar nada, no tienen que rendir cuentas ante nadie, no tienen que explicar a su población por qué aceptaron tutela extranjera. China tampoco tiene que sostener el coste político de exigir lo que no piensa exigir.

¿Es cinismo? Sin duda. Pero tiene al menos una virtud que escasea en la diplomacia internacional: es honesto sobre lo que es.

El modelo americano: la democracia a la carta

Estados Unidos sí tiene valores. Los proclama, los financia, los exporta. La democracia liberal, los derechos humanos, el estado de derecho: todo eso figura en los discursos, en las estrategias de seguridad nacional, en los programas de cooperación.

Y luego está Arabia Saudí. Y Egipto después de 2013, cuando un golpe militar derrocó al primer gobierno elegido democráticamente en la historia del país, y Washington tardó exactamente lo necesario en volver a la normalidad diplomática. Y los Emiratos. Y Bahréin. Y tantos otros socios incómodos cuya utilidad estratégica supera sistemáticamente su déficit democrático.

El resultado es una política exterior con dos velocidades: la condicionalidad se aplica a los adversarios, la vista gorda se aplica a los aliados. Cualquier observador medianamente atento lo sabe. Cualquier gobierno de la región lo sabe. Y sin embargo el discurso continúa, porque el discurso también tiene función: legitima hacia adentro lo que sería difícil de justificar hacia afuera.

¿Puede un país predicar la democracia mientras financia a quienes la suprimen? Evidentemente sí. Lleva décadas haciéndolo.

El modelo europeo: la tragedia de los principios sin músculo

Y llegamos a Europa. Que es donde la historia se pone interesante, y también más triste.

Europa no es China: sí tiene condiciones. No es Estados Unidos: las aplica también, en teoría, a sus socios. La Unión Europea ha construido todo un edificio normativo, acuerdos de asociación, política de vecindad, mecanismos de condicionalidad, sobre una idea central: las relaciones económicas deben ir acompañadas de reformas. Más inversión a cambio de más Estado de derecho. Más acceso al mercado europeo a cambio de más garantías democráticas.

El problema no es el principio. El problema es lo que ocurre cuando el socio no reforma.

Marruecos no ha democratizado. Túnez ha retrocedido abiertamente. Egipto lleva años en una involución política documentada por todas las organizaciones internacionales de derechos humanos. Y Europa ha seguido negociando, firmando, renovando acuerdos, a veces en silencio y a veces con comunicados que expresan «preocupación» con la misma energía con que se comenta el tiempo.

¿Por qué? Porque detrás de cada uno de esos socios incómodos hay algo que Europa necesita. Gas. Rutas migratorias gestionadas. Estabilidad en la orilla sur del Mediterráneo. Bases logísticas. Mercados. La lista es larga y la necesidad, real.

El resultado es una paradoja demoledora: Europa es el único de los tres actores que tiene una propuesta genuinamente diferente, relaciones basadas en valores compartidos, no solo en intereses, y es también el único que la erosiona sistemáticamente cada vez que los intereses aprietan.

China nunca prometió nada que no fuera a cumplir. Estados Unidos hace tiempo que nadie le toma en serio el sermón democrático. Europa, en cambio, sigue prometiendo lo que no está dispuesta a sostener cuando cuesta. Y eso tiene un nombre preciso: pérdida de credibilidad. Que en diplomacia es casi irreversible.

Lo que queda

Al final del análisis queda una pregunta que ningún comunicado de la Comisión Europea va a responder.

Si Europa sabe que va a ceder cuando la presión sea suficiente, si lo ha hecho en Marruecos, en Túnez, en Egipto, si el patrón se repite con una regularidad que ya no permite hablar de excepciones, ¿para quién es realmente la condicionalidad? ¿Para el socio que no reforma, o para el ciudadano europeo que necesita creer que su Unión Europea es algo más que un mercado grande con buenas intenciones?

Carlos Bolea
Carlos Bolea
Artículos: 15

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *