De superpotencia a mendigo: Por qué Rusia solo puede aspirar a que le regalen territorio»

Robert Dahl lo dijo simple: «A tiene poder sobre B en la medida en que puede conseguir que B haga algo que B no haría de otra manera». Es la definición clásica de poder en ciencia política. Limpia. Directa. Útil.

Potencias y superpotencias: no es lo mismo

Conviene aclarar términos antes de seguir. Una potencia no es lo mismo que una superpotencia, aunque a menudo se confunden.

Una potencia tiene capacidad militar significativa, influencia regional dominante, recursos estratégicos y puede defenderse mientras proyecta poder en su entorno inmediato. Francia es una potencia. India es una potencia. Brasil aspira a serlo.

Una superpotencia es otra cosa. Proyección de poder global, no solo regional. Capacidad de intervención en múltiples teatros simultáneamente. Influencia económica, militar, cultural y tecnológica planetaria. Y sobre todo: capacidad de dar forma al orden internacional. Durante la Guerra Fría había dos: Estados Unidos y la Unión Soviética. Hoy queda una, aunque China pelea por el puesto.

La pregunta es: ¿qué era Rusia antes del 24 de febrero de 2022? ¿Y qué es ahora?

El dominó

Putin invadió Ucrania para evitar la expansión de la OTAN, quería demostrar también que Rusia puede rediseñar fronteras.  Pero Suecia y Finlandia se unieron a la Alianza, Europa se remilitarizó y Alemania y Japón, las dos potencias no militaristas post-1945, retomaron el gasto militar masivo.

Wagner, la principal herramienta de influencia militar rusa en África y Oriente Medio, colapsó tras la rebelión de Prigozhin. Assad, el bastión ruso en Siria y la llave del Mediterráneo, cayó. Irán, el aliado estratégico regional, está bombardeado y en crisis. Hezbolá, bueno, parece que desarticulado.

En América Latina: Maduro capturado, Cuba sin oxígeno, Nicaragua tambaleándose. En Europa del Este: Moldavia celebra un referéndum que la acerca a la Unión Europea. En el Cáucaso: Azerbaiyán ataca a Armenia, aliada formal de Rusia en la OTSC, y Moscú no mueve un dedo porque está demasiado ocupada intentando tomar Donetsk.

El tablero de ajedrez global no solo no se movió como Putin esperaba, sino que se volteó completamente.

De superpotencia a potencia regional

Antes de febrero de 2022, Rusia podía argumentar cierto estatus de superpotencia. Armas nucleares, sí, pero también capacidad de intervención simultánea en Siria, Libia, República Centroafricana, Venezuela. Influencia en tres continentes. Voz decisiva en crisis globales. Un asiento permanente en el Consejo de Seguridad que significaba algo.

Tres años después, Rusia solo puede concentrarse en Ucrania. Y ni siquiera lo está consiguiendo. No puede sostener Siria. No puede ayudar a Irán. No puede proteger a Armenia. No puede salvar a Maduro. No puede evitar que Suecia y Finlandia entren en la OTAN.

Eso no es una superpotencia. Eso es una potencia regional con arsenal nuclear. Como Pakistán, aunque  con más territorio.

La invasión de Ucrania no fracasó solo en tomar Kiev, degradó a Rusia de categoría geopolítica. Y esa degradación es, probablemente, irreversible a medio plazo.

La paradoja del perdedor

Y aquí está el problema.

Rusia ha perdido tanto que necesita, desesperadamente, «ganar» algo visible en Ucrania. No puede volver a Moscú y decir «bueno, intentamos invadir un país vecino, nos costó cientos de miles de bajas, la economía está en ruinas, perdimos aliados en tres continentes, pero al menos lo intentamos».

Putin necesita un trofeo. Crimea reconocida internacionalmente. El Donbás completo. Un corredor terrestre. Neutralidad permanente de Ucrania. Algo que pueda venderse internamente como victoria.

Porque si no consigue nada, el relato se desmorona, y con el relato, quizá el régimen.

Pero, y aquí está la paradoja brutal, Rusia ya no tiene poder para conseguir nada por sí misma.

No puede imponer militarmente la cesión del Donbás completo. Lleva tres años intentándolo sin éxito. No puede imponer la neutralidad ucraniana. Ucrania decide, no Rusia. No puede imponer el reconocimiento internacional de Crimea. Eso depende de Washington, Bruselas, otros.

Cualquier «victoria» rusa depende ahora de que otros decidan dársela. Estados Unidos. Europa. O una Ucrania exhausta que ceda por presión occidental o simple agotamiento.

Volvamos a Dahl: «A tiene poder sobre B en la medida en que puede conseguir que B haga algo que B no haría de otra manera». Rusia ya no puede conseguir que Ucrania, Estados Unidos o Europa hagan nada. Son ellos quienes deciden qué hace Rusia.

La única aspiración que le queda a Putin es que le regalen territorio.

El cálculo incómodo

Y entonces la pregunta se vuelve obscena: ¿le conviene a Estados Unidos regalárselo?

Porque Estados Unidos ya ganó. La OTAN está más grande, Europa ha vuelto a depender de la seguridad estadounidense. Alemania y Europa entera compran armamento americano. El gas que Europa necesita ya no viene de Rusia. China observa Ucrania y toma nota: invadir tiene costes estratégicos altísimos.

Washington recuperó la influencia que había perdido post-Afganistán. Demostró que sus alianzas funcionan. Que puede sostener una guerra por proxy sin perder un solo soldado americano. Que Europa necesita a Estados Unidos más de lo que Estados Unidos necesita a Europa.

Y Rusia ha sido degradada de superpotencia a potencia regional. Objetivo cumplido.

Entonces, el cálculo frío: Ucrania cede el Donbás y Crimea. Rusia consigue su trofeo. Putin vende internamente que «ganó» algo. El régimen no colapsa del todo. Hay paz. Europa suspira aliviada. Los ucranianos se quedan con el ochenta por ciento de su territorio, siguen existiendo como Estado, quizá incluso entran en la UE a medio plazo como compensación.

Y Estados Unidos conserva una OTAN ampliada, una Europa remilitarizada, una Rusia permanentemente degradada, y un mensaje claro para China: las invasiones tienen un coste brutal, pero negociamos finales pragmáticos que consolidan nuestras ganancias.

¿Puede venderse públicamente la cesión de territorio ucraniano? ¿Cómo articula un presidente estadounidense «hemos conseguido lo que queríamos para Occidente, así que Ucrania puede ceder parte de su territorio»? ¿Es eso siquiera pronunciable en público? ¿O simplemente se hace y se envuelve en retórica de paz?

Las preguntas sin respuesta

¿Qué diferencia hay entre un aliado y una herramienta útil? Porque si descubrimos que los aliados son valiosos solo mientras sirven a intereses estratégicos más amplios, ¿qué significa realmente «alianza»?

¿Y Europa? Si Washington acepta ese trato, ¿lo acepta Berlín? ¿París? ¿Varsovia? ¿O descubrimos que la unidad occidental tiene un precio y acabamos de encontrar el límite?

¿Qué pasa con el precedente? Si Rusia puede invadir, destruir un país, perder su estatus global pero aun así conseguir territorio, ¿qué mensaje envía eso? ¿Que la violencia funciona si aguantas lo suficiente y tienes armas nucleares?

¿Y si resulta que el coste de mantener la influencia global es sacrificar el territorio de otros? ¿Es ese un precio aceptable? ¿Quién decide? ¿Quién paga?

Y la pregunta fundamental: si Ucrania no decide su propio destino en esta negociación, ¿en qué se diferencia eso de 1938 en Múnich, cuando Francia y Reino Unido decidieron el destino de Checoslovaquia sin preguntar a los checos?

El final sin escribir

La invasión lo cambió todo. Rusia perdió su estatus de superpotencia. El efecto dominó ha sido devastador en cada continente. Pero Putin sigue en el Kremlin. Rusia sigue siendo una potencia nuclear. Y en algún momento, alguien tendrá que negociar un final.

La cuestión es quién decide ese final. ¿Ucrania, que pone los muertos? ¿Estados Unidos, que pone las armas y ha ganado todo lo que quería ganar? ¿Europa, que pone el dinero y la energía? ¿O Rusia, que ha perdido todo excepto la capacidad de seguir destruyendo indefinidamente?

Rusia solo puede aspirar ahora a que le regalen territorio. No puede tomarlo. No puede imponerlo. Solo puede aceptar lo que otros decidan darle.  Y si Estados Unidos decide que regalar el Donbás consolida permanentemente la degradación rusa y mantiene todas las ganancias estratégicas occidentales, ¿quién va a impedirlo?

El dominó sigue cayendo. El orden pro-ruso se desmorona. Pero el final de esta historia todavía no está escrito, y cuando se escriba, habrá que preguntarse: ¿qué precio tiene realmente el poder? ¿Y quién lo paga?

Carlos Bolea
Carlos Bolea
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