Hay contradicciones que son humanas e inevitables. Y hay contradicciones que se convierten en sistema. La diferencia entre las dos es lo que separa la política honesta de la demagogia.
Empecemos por lo honesto
Nadie es completamente objetivo cuando juzga una guerra. Todos valoramos más unas vidas que otras según nuestra proximidad emocional, cultural o ideológica. Yo también. Usted también. Es una limitación humana, no una vergüenza. Reconocerla es el primer paso para pensar con rigor.
Las guerras no son todas iguales. Hay guerras que no deberían haberse producido y hay guerras que, vistas en perspectiva, detuvieron algo peor. El pacifismo como aspiración tiene valor moral. El pacifismo como principio político absoluto conduce a un callejón sin salida. Porque si nadie responde militarmente a Hitler en 1939, el «no a la guerra» no salva vidas — las condena. Una vida quitada hoy pesa mucho. Pero diez vidas quitadas mañana por no haber actuado hoy pesan más.
Todo esto es complejo, incómodo y no tiene respuesta fácil. Precisamente por eso merece un debate honesto.
Lo que ocurrió en Irán en enero
A finales de diciembre de 2025 estallaron en Irán las mayores protestas desde la Revolución Islámica de 1979. Lo que comenzó como una revuelta económica se convirtió rápidamente en un movimiento que exigía el fin del régimen clerical. La respuesta del gobierno iraní fue una masacre.
Las cifras son difíciles de establecer con precisión porque el régimen cortó el acceso a internet durante semanas para ocultar la magnitud de lo ocurrido. Las propias autoridades iraníes admitieron más de 3.000 muertos. La Relatora Especial de la ONU elevó la estimación a más de 5.000. Fuentes médicas iraníes filtradas a la prensa internacional apuntaron a cifras de entre 20.000 y 30.000 víctimas solo en los días 8 y 9 de enero. Amnistía Internacional calificó enero de 2026 como el periodo de represión más mortal en décadas de su trabajo de investigación.
No fueron bajas de una guerra entre Estados. Fueron ciudadanos iraníes, muchos de ellos jóvenes, asesinados por su propio gobierno por salir a la calle a pedir libertad y dignidad.
El contexto que complica todo
Ser honesto exige añadir algo más. El ataque de EE.UU. e Israel a Irán no fue únicamente una respuesta a las masacres de enero. El trasfondo real era el programa nuclear iraní. Durante meses, Irán había mantenido negociaciones con Occidente sobre su arsenal atómico, y representantes del régimen habían llegado a declarar públicamente que tendrían la bomba cuando quisieran. Esa amenaza, creíble y explícita, fue probablemente el detonante real del ataque.
Eso nos sitúa ante uno de los dilemas más antiguos y sin resolver de la ética de la guerra: la guerra preventiva. ¿Puede un Estado atacar a otro antes de que le ataque, si la amenaza es suficientemente grave y creíble? Si Irán hubiera completado el arma nuclear, ¿cuántas vidas habrían estado en riesgo después? La respuesta fácil — en cualquier dirección — sería deshonesta. El dilema es real.
Lo que sí queda claro es que el «no a la guerra» de Sánchez no aborda ninguna de estas preguntas. Las ignora.
Lo que dijo Sánchez el 4 de marzo
Pedro Sánchez compareció ante los españoles para hacer una declaración institucional sobre la crisis en Oriente Medio. La resumió en cuatro palabras:
«La posición del Gobierno de España se resume en cuatro palabras: no a la guerra.»
El eslogan se dirigía contra los ataques de EE.UU. e Israel. Contra quienes habían atacado al régimen que semanas antes había masacrado a sus propios ciudadanos a razón de miles por día. La pregunta que nadie formuló con claridad es esta: ese «no a la guerra» — ¿a quién protege exactamente? No a los iraníes muertos en enero. No a los manifestantes que pedían libertad. Al régimen que los mató.
Lo que anunció Sánchez el 18 de marzo
Dos semanas después, Sánchez recibió en La Moncloa al presidente ucraniano Zelenski y anunció un nuevo paquete de apoyo militar bilateral de 1.000 millones de euros para 2026, elevando la ayuda total española a casi 4.000 millones desde 2022. El mismo día se firmaron acuerdos para fabricar conjuntamente drones, radares y misiles.
Ese mismo día, un titular rezaba: «Sánchez defiende hoy en Bruselas su No a la guerra ante el resto de líderes de la UE.» Era la misma jornada. El mismo presidente. Los 1.000 millones militares y el eslogan pacifista como instrumentos de la misma operación de comunicación.
El argumento para defenderse tiene lógica aparente: Ucrania es víctima de agresión exterior; Irán es un agresor. Son marcos morales distintos. Eso es verdad. Pero ese argumento exige abandonar el «no a la guerra» como principio universal y sustituirlo por un análisis caso a caso con criterios explícitos y coherentes. Eso es exactamente lo que Sánchez no hace. Prefiere el eslogan porque el eslogan no rinde cuentas.
La contradicción no es lo más grave
Las contradicciones son humanas. Todos las tenemos. Lo que convierte una contradicción en problema político no es su existencia sino su instrumentalización consciente.
Lo verdaderamente grave es que Sánchez construye esa incoherencia como producto de comunicación, la empaqueta con un eslogan heredado de 2003 que tiene una carga emocional poderosa en el electorado de izquierda, y la despliega estratégicamente según a quién necesita movilizar. A su base electoral, el pacifismo. A los socios europeos, los 1.000 millones.
Y lo que más debería inquietarnos es que funciona. Porque hay un ecosistema político e intelectual dispuesto a aplaudirlo sabiendo que la contradicción existe. No por convicción — sino por tribalismo. Porque el equipo importa más que la verdad.
El tribalismo como enfermedad del debate
Este mecanismo no es exclusivo de ningún bando. La derecha española tiene los suyos propios, igualmente dispuesta a defender lo indefendible cuando lo dice el suyo. La degradación del debate político no es un problema de izquierdas ni de derechas — es el resultado de una cultura política que ha convertido la ideología en religión y el adversario en enemigo.
Cuando la política se tribaliza, el objetivo deja de ser entender la realidad. El objetivo pasa a ser ganar el relato. Y para ganar el relato, la coherencia es un estorbo. Los debates más importantes — si hay guerras justas, cómo responder a la agresión, a quién protegemos realmente cuando decimos que protegemos a todos — desaparecen detrás de eslóganes que suenan bien y no significan nada.
Lo que merecemos
Merecemos líderes que expliquen los dilemas reales en lugar de ocultarlos. Que digan: esto es complicado, tiene coste, hay vidas en juego en todos los lados, y aun así creo que hay que hacer esto por estas razones concretas. Eso es gobernar. Lo otro es publicidad.
El «no a la guerra» de Sánchez no es valiente. Es cómodo. Lo valiente sería mirar de frente la pregunta que el eslogan evita: ¿la guerra de quién? ¿Contra quién? ¿Para proteger a quién? Porque dependiendo de cómo se responda, puede que la respuesta correcta sea sí a esa guerra. Y admitirlo en voz alta, con todas las consecuencias, eso sí requeriría verdadero coraje político.